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Ser quién eres (reflexión).


La mente humana es maravillosa. Una de sus más privilegiadas cualidades es que todos tenemos la capacidad de pensar de maneras tan diversas y diferentes como cuerpos celestes existen en el Universo.
Pero al mismo tiempo ése es un problema. Lo ha sido antes y lo sigue siendo ahora.

Pensar o creer en cosas distintas a la mayoría no siempre es visto de buena forma. Antes existía la inquisición, por ejemplo, y aunque ahora, al menos en occidente, las consecuencias por ello no son tan drásticas no siempre podemos ser o expresar lo que verdaderamente creemos, somos o sentimos por el miedo a ser visto de manera despectiva, ser excluidos o juzgados a rajatabla por una sociedad que, con el uso de memes y herramientas similares, se siente con el derecho y obligación mediante caracteres reflejados en una pantalla a emitir veredictos.

¿Y qué pasa cuando a sabiendas de esto te atreves a serlo? Cuando el miedo por expresar una idea es vencido por ese anhelo a ser auténtico, a no filtrar tus ideologías y apostar por desnudarte frente a la sociedad, quedando expuesto a todo en lo que ella quiera opinar.
Debes de cargarte de una sólida armadura mental que sea inmune ante los ataques que te van, sí o sí, a llover. Decidir abrirse y exponerse tal cuál eres tiene esa dichosa -léase con sarcasmo- consecuencia.
Es que no es algo opcional, solemos como humanidad a siempre ver lo que está mal en aquello que vemos o leemos. Nos es difícil emitir juicios positivo ya que preferimos fijarnos en lo feo o imperfecto de algo antes que en los méritos o cualidades.
Y no es fácil tener esa armadura. Es un proceso que se va puliendo y perfeccionando en la medida que dichas opiniones negativas te llegan. Dependiendo quién o quiénes sean los que opinan es, también, el nivel de afectación que te genera. No es lo mismo que un troll se mofe de ti a que un amigo de toda la vida te critique.
Aunque a su vez eso no está mal.
Como dije al inicio, lo maravilloso de la mente humana es su diversidad de pensamiento. Sería muy aburrido que todos pensáramos igual o que todos coincidiéramos en lo mismo; claro, hay mayorías que piensan o creen de forma similar pero, incluso entre ellos, existen matices y maneras de entender lo mismo de manera, irónicamente, totalmente opuestas.
Lo complejo y delicado es la manera en cómo convivimos con las diferencias.
Una cosa es que tú no pienses o creas en lo que yo, y otra muy distinta es que me agredas por ello o que pienses que por el mero hecho de ser opuesto a tu filosofía de tu vida yo erro.
Lo importante es centrarse siempre en las ideas y no tomarlo personal; evidentemente hablo en planos y concepciones lícitas pero el punto ahí está aunque una cosa es la idea en la que piensa la persona y otra, totalmente distinta, es la persona que piensa en dicha idea, quién nunca, por más exótica o ilegal de sus opiniones, puede y debe ser agredida.
Así como opinar y expresar mis ideas o formas de ver la vida va a ser susceptible a críticas y debate (que yo debo saber/aprender cómo manejarel respeto debe permear cada juicio que se emita contra o a favor de ellas.

Debemos apostar por una sociedad más auténtica, menos matizada y reprimida por el miedo no solo a ser exhibidos sino a lo que ésto conlleva en un mundo víctima y victimario de tan múltiples prejuicios… y eso, una sociedad “real” -entendiéndose como un punto utópico en dónde cada quién es cómo es porque no es juzgado por serlo- se logrará cuando y en la medida en que la tolerancia sea el adjetivo que conjugue cada dictamen negativo o positivo se emita ante una idea u opinión.  



Imagen | Pixabay


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Éste forma parte de la edición número 18 del newsletter Hebdomadaria reflexionem; suscribirte para recibir todos los lunes un nuevo número en tu correo, gratis:


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