15 de mayo de 2017


"- Mamá, ¿por qué quieren matar a King Kong?"
"- La gente desprecia aquello que no entiende." 


Los diálogos están tomados de una escena de los primeros minutos de Un monstruo viene a verme (A Monster Calls, 2016) cuando el protagonista, al ver la escena final de la clásica película de King Kong de 1933, cuestiona a su madre sobre por qué embisten a la bestia en el Empire State múltiples avionetas. 

La toma en cuestión: 





La respuesta de la madre, interpretada por Felicity Jones, sin duda es magistral. 

Y es que los seres humanos solemos ver, no con buenos ojos, lo que es diferente a nosotros. Bien sea a alguien que no piensa como la mayoría ó porque tiene gustos opuestos al común colectivo ó, en el peor de los casos, quién no es como tú o cómo yo: ó tiene preferencias sexuales que no comulga conmigo o tiene alguna "carencia" -así, entre comillas, porque el término me desagrada- física. E incluso porque no cree en lo que creo (filosofías, valores, divinidades).

Los despreciamos, solemos alejarnos de ellos, y/ó los criticamos. No estamos acostumbrados, como sociedad y como especie, a aceptar las diferencias. Queremos que todos se adecúen a nuestros moldes ó que bailen al son -ritmo- que la comunidad toque. Si me quiere, que sea a mi modo; si quiere mi amistad, será bajo mis reglas...

Pero ¿por qué?

Obviando que el gran simio de la pantalla grande hubiera raptado a una mujer y que representara potencialmente una amenaza -por su tamaño- para la población de la Gran Manzanaodiamos a los raros. Incluso el argumento anterior está plagado de aversión ya que se prejuzga -como siempre- concluyendo que el gorila, por ser enorme, debe ser exterminado. Y lo peor es que si leemos la frase anterior rápidamente no nos damos cuenta de ello; parece, la exterminación, un gesto natural. 

Ése es el problema que tenemos con los raros (utilizo el adjetivo para englobar el contexto, no por coincidir con su uso). Creemos suponer que por ser alguien que no se adapta a lo que tradicionalmente entendemos como normal ése alguien es una amenaza ya que potencialmente romperá esquemas y por ende desbalanceará el entorno. 

Aunque desequilibrarse es lo que hace divertida a la vida. ¿Te imaginas, amable lector, una vida en donde todo -absolutamente todo- sea igual? 

Sí, me dirás que la gran mayoría vivimos en medio de una rutina pero incluso en nuestro común día a día hay cosas que salen de lo repetitivo: un día hay tráfico, otro no; a veces te premia el jefe, otras veces te llama la atención; recibes la llamada de un buen amigo, al otro día te peleas con él. Los días, por muy iguales que pudieran parecernos, siempre son diferentes

Y si la disparidad aplica naturalmente para algo tan profano como un día, ¿por qué no puede debe hacerlo para las personas? 

Necesitamos como humanidad dejar de odiar lo diferente y abrazarlo. Todos y cada uno de nosotros somos de cierta forma diferentes entre la aparente homogeneidad de la sociedad.

A mí me gusta el chocolate y detesto la guayaba; tú puedes diferir de mis preferencias... y, por arte de magianos convertimos en seres distintos entre un mar de supuestas igualdades.

¿Entiendes el punto?

Exacto. En lugar de ver como una amenaza a alguien que no cree en lo que yo, el ideal sería ir al encuentro con él para descubrir que aunque pareciera que existen muchas desigualdades hay un punto en común: él es, como yo, un ser humano con un valor propio que merece ser respetado y protegido por el mero hecho de ser persona




Imagen | Pixabay 

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