14 de diciembre de 2016


El lunes doce de diciembre del dos mil dieciséis la senadora de la República y ex atleta olímpica Ana Gabriela Guevara sufrio un ataque brutal contra su persona mientras se trasladaba en motocicleta.

Las heridas, graves pero sin aparentes consecuencias mayores son evidentes y la indignación nacional se hizo latente. Fue golpeada –pateada– por cuatro hombres de la manera mas vil y cobarde. El hecho es sin duda condenable, inaceptable y triste ya sea tanto porque se agredió a una mujer, o a un motociclista, o a un ciudadano. O, en este caso, a la suma de los tres adjetivos. 

Ana Gabriela tiene un halo especial.

Quizá muchos de los llamados millennials no la identifiquen más que por Wikipedia o por el “boca en boca” pero ella logró, hace algunos años [del noventa y ocho al dos mil siete], lo impensable e inimaginable –por desgracia– para muchas mujeres: ser admirada y respetada por hombres y mujeres por igual.

Y es que fue capaz de detener al país cada vez que corría o participaba en algún campeonato u olimpiada. Tuvo, durante su vida activa como atleta, el impacto en la vida de los mexicanos de lo que logra la selección de futbol profesional en cada partido que disputan.

Es decir, literalmente, todos veíamos su competencia.

Sufraimos con ella, gozábamos con ella y la vitoreamos con cada oro conseguido. Fue, es, alguien que nos causaba y sigue causando orgullo -en este punto la comparación se queda corta porque a nivel profesional la selección no ha logrado ser “la mejor del mundo”- y evidentemente, nos entristecimos cuando nuestra Bolt mexicana dejó de correr.

Así pues, Ana Gabriela Guevara es desde dos mil dos no solo una Senadora de la Republica sino alguien con un peso significativo en el colectivo de la memoria nacional. Un referente.

Y de aquí parte la reflexión.

Afortunadamente la Procuraduría de la Republica esta tomando el asunto con seriedad y prontitud. El procurador mismo -relató ella- está al tanto del asunto y sigue el caso con especial atención y por ende se espera que pronto se identifique a los cuatro agresores [al catorce de diciembre de dos mil dieciséis ya van dos] para enfrentarlos ante la justicia.

¿Pero que hubiese pasado si la agredida fuera un simple mortal, una o un ciudadano de a pie, alguien que ni fuera senador ni mucho menos multiple medallista olímpico? ¿Se actuaria asi de rápido? ¿el procurador en persona estaría en contacto con la victima, seguiría su caso? ¿la atención para levantar la denuncia en la instancia federal sería de forma agil e inmediata?

Creo que la respuesta se puede obviar. Aquí es lo mas triste de la situación porque día a día mujeres -sobretodo- y hombres mueren a causa de golpes en espera de que las instancias competentes tomaran tan siquiera “cartas en el asunto”.

Las leyes son bellas y justas en teoría, en su letra y estructura pero a la hora de ejecutarlas se pasan de largo y se aplican según sea más conveniente o según quienes son los implicados.

Ojalá el hecho tan desafortunado que vivió Ana Gabriela Guevara sirva para poner en evidencia que día a día muchas mujeres y hombres son agredidos, física o verbalmente, y que al no tener un reflector en dónde denunciar ni un nombre que respetar se quedan esperando ser atendidos, tomados en cuenta y sobretodo, ansiando justicia y castigo a sus victimarios. 



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