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Reflexión: La hipocresía a veces se acompaña de Mariachi.


Publicado originalmente el veintiocho de septiembre de dos mil dieciséis en Filosofía en la Red.

El mariachi es una tradición musical (y/o género típico) del occidente de México que se remonta aproximadamente al siglo diecinueve (Wikipedia). El grupo musical es compuesto regularmente por ocho músicos quiénes, en su habitual manera de cantar, engalanan las fiestas mexicanas además de ser el género al que recurrimos los mexicanos cuando queremos pistear (tomar) en plan de despecho. 

Pero a su vez, por estar tan perneado en la cultura mexicana, las despedidas célebres, las fiestas patrias o eventos especiales suelen estar acompañados al son de Mariachi

Y es precisamente por eso último que toma nombre, y forma, mi artículo de esta semana. 

Como suelo ser una persona algo inquieta tengo la oportunidad de vivir y presenciar diferentes eventos, desde los más mundanos hasta verdaderos rituales espirituales (cosa que me fascina); y en los que al participar en ellos lo hago más como crítico que como alguien que se integra al cien por ciento a tales sucesos. 

La semana anterior viví una despedida de una persona de su centro de trabajo, una jubilación con todas la de la ley. 

El puesto que dejó vacante la persona en cuestión no es ninguno relevante (no fue jefe ni mucho menos) pero luego de más de tres décadas laborando para la misma empresa hizo, de una u otra manera, vínculos de todo tipo con sus compañeros de trabajo. 

Así como logró hacer excelentes colegas e incluso amigos se ganó el rencor y enemistad de otros. Nadie, dice el dicho, es monedita de oro... pero, pese a que colocar en una balanza amigos y enemigos sería injusto, su último día, sus últimas horas como empleado, se fueron a ritmo de mariachi (un grupo fue contratado por una hora para cantarle en una pequeña convivencia). 

Analizando a las personas que acudieron al evento pude rápidamente percatarme quiénes estaban realmente por decir adiós con sentimientos entrecortados (tristeza y alegría) y quiénes, por contraparte, estaban más bien por cumplir. 

Pero todo mundo lo despidió con abrazos, vítores y alguno que otro hasta dedicó palabras en discursos de despedida improvisados. Se respiraba hipocresía en todo el ambiente, pero dicha fragancia intentaba salir airosa con la música de fondo de mariachi. 

Y aquí viene la pregunta de hoy: ¿qué tan bien está ser diplomático/hipócrita en ciertas circunstancias y qué tan mal está ser sincero/auténtico

Pese a que a más de alguno -yo incluido- me encantaría ser auténtico todo el tiempo, el ambiente donde uno se desenvuelve, la sociedad misma no te premia ni te permite inclinarte por ello. Al contrario, pese a ser un planeta interconectado y en teoría open... no es tan open

Lo podemos atestiguar desde la intolerancia religiosa (de cualquier credo hacia cualquiera), las fobias a las minorías (sexuales, culturales, etc.) y hacia un sin fin de otros y otras personas. La represión a dichos grupos de personas les obligan, en la mayoría de los casos, a ocultar su verdadera cara, a vivir una doble vida en donde ante la sociedad se es de una manera y, en la intimidad, se sinceran. 

Nos gustan los hipócritas, las personas que conviven con uno de manera diplomática mientras por dentro anhelan tu muerte o que te vaya mal. Es triste porque en pleno siglo veintiuno deberíamos de ser capaces de dejar a cada quién ser lo que es -sino afecta a terceros-, y sobretodo, a expresar su amor u odio, sus rechazos o aprobaciones, públicamente sin miedo al rechazo o represalias. 

Pero mientras... ¡qué hermoso es ser hipócrita acompañados de mariachi!. 




La imagen del Mariachi la obtuve en Wikimedia

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