22 de noviembre de 2015

 

Con relación a los acontecimientos que sacudieron el planeta durante noviembre de dos mil quince -los múltiples atentados por parte de terroristas a París, Siria, Nigeria así como las amenazas de ataques al mundo occidental- la mayoría de ciudadanía ve o prejuzga a los seguidores de las enseñanzas de Mahoma como personas no gratas y con instintos bélicos.

Hablar de religión, como futuro experto en ellas, es adentrarse a un universo complejo y, muchas veces, a todo un sin fin de Universos -conceptuales- paralelos en donde una misma doctrina aparentemente dogmatizada es comprendida de varias formas y vivido de muchas otras más. 

Cuando pensamos, por ejemplo, en el cristianismo, solemos hacerlo recordando las actuales múltiples instituciones de beneficiencia o, si somos muy críticos, cuestionando el no actuar del Vaticano con respecto a sus sacerdotes pederastas, pero muy raramente recordamos que, aunque Juan Pablo II, el "santo de moda", pidió perdón por los actos pasados de la Institución, ésta asesinó a fuego vivo a miles de mujeres en la hoguera o atormentó y liquidó a otros cientos durante la Inquisición... todo eso, como lo hacía Colón en América, para salvar el alma de los impuros. 

En pocas palabras, bajo el amparo del nombre de dios

La religión, por tal, es muy compleja y aunque existe en la mayoría de ellas, al menos en las más grandes o importantes del orbe, una cierta ortodoxia o canón de creencias, practicas y entendimiento de los libros sagrados así como de la moral que se dicen que practicar suelen ser elementos subjetivos, a servicio y comprensión, de cada fiel. 

Y eso pasa con el Islam. Bueno, con todos los credos. Por eso desde que estudio a las religiones he dicho que para juzgar a una de ellas lo tenemos que hacer desde su doctrina oficial y no de acuerdo a las costumbres o tradiciones de los fieles, que, en casi la mayoría de veces, tergiversan la postura oficial. 

Luego del ahora conocido como el trágico viernes trece de noviembre, en París, muchos musulmanes tomaron prestada una campaña anterior en Redes Social con el hashtag #NotInMyName  con la intención de mostrar la repulsión y desacuerdo frente a los hechos y, de una forma evidente, dejando en claro de que la mayoría de los musulmanes son personas de paz. 

El problema viene cuando una minoría es fuerte y opaca a la mayoría. 

Y eso es lo que ha pasado -sobretodo- en el siglo veintiuno con el Islam. Desafortunadamente para su causa han sido los fanáticos y los radicales quienes han salido a la luz creando en la mayoría de las personas la falsa percepción de que todos -al ser la mayoría de los terroristas de credo musulmán- los creyentes creen, practican y promueven la guerra contra los infieles occidentales. 

La solución no es la que se recoge en foros y sitios ateos: "imagina un mundo sin religión" -tomando como lema la canción de Jonh Lennon- y objetando que sin esta, las Torres Gemelas o ahora una noche de viernes común en París, no hubieran pasado a la historia. 

El mal, el deseo de hacerlo, existe con y sin pensamiento religioso. El usar como argumento el "nombre de dios", como los que se inmolan al realizar actos terroristas, simplemente lo hacen por buscar un pretexto para justificarse; si no hubiese sido la creencia en "su dios", hubiese sido una postura, filosofía o algo más. 

Las religiones por lo general buscan el orden del cosmos, el respeto por lo creado y la paz o trato amistoso entre iguales. Lamentablemente cuando la mentalidad retrógrada de algunos "creyentes" decide tomar su verdad -de fe- como la única, la válida, la cosa no va y genera conflictos. 

Más que un mundo sin religión se requiere un planeta más tolerante, que no segregue y que abrace las diferencias.










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