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Una adicción llamada smartphone [reflexión].

¿Qué tan dependientes somos, actualmente, de un dispositivo que hasta hace poco tiempo no existía en nuestras vidas?

Hablo del smartphone y de todas las funciones -principalmente el Internet- que penden y giran en torno a el. 

Y es que hasta antes del dos mil siete, y de que Steve Jobs presentara el iPhone, el mundo vivía conectado a la Red, sí, pero solo desde algún ordenador.

El cambio que trajo con su teléfono inteligente la compañía "de la manzana" vino, lentamente, a revolucionar la manera en la cual nos comunicamos e interactuamos día con día.

Recientemente me pasó algo simpático y curioso que, visto en retrospectiva, me generó no solo sorpresa sino impacto ya que con ello viví, de manera palpable, la adicción que muchos de mis contemporáneos tienen hacia sus teléfonos móviles con acceso a Internet.

La compañía que me provee de servicios móviles -Internet 3G y telefonía- tuvo la brillante idea de dar mantenimiento a su red en un día laboral. 

Así pues, la semana iniciaba con la novedad de que todos los dispositivos inteligentes suscritos a la empresa no contarían, por un lapso de más de medio día, con servicio de datos.

Me enteré por un compañera de trabajo que había sido testigo en carne propia de que no contaba con dichos servicios. 

Preguntó angustiada, antes de informarse con Servicio a Clientes, si mi aparato telefónico recibía transferencia de megabytes; yo, sin haberme dado cuenta -a eso de las ocho am- corroboré que tampoco contaba con el servicio. 

Lo pasé por alto. Si bien me cortaba el acceso a servicios como Whatsapp o Twitter, podía recibir y realizar llamadas telefónicas además de contar, al cien por ciento, con la posibilidad del servicio de mensajería instantánea.

Confié en que en el transcurso del día el problema -por llamarlo de algún modo- se solucionaría pero mi amiga no estuvo tan relajada como yo.

De inmediato acudió técnicamente a entrevistar a todos los compañeros que sabía ella pertenecían a la empresa telefónica para indagar si solo era ella quien no gozaba con el servicio. 

Al darse cuenta de que la falla era general realizó lo mismo por chat -desde su PC- e intentaba, desesperada, enlazar llamada con la empresa vía su móvil. 

Cuando supo por una conocida de otro lugar del país que el servicio había sido cortado provisionalmente descansó un poco -sabía por qué no tenía Internet en su dispositivo- pero estaba totalmente fija a su móvil esperando, ansiosa, el restablecimiento del mismo.

Andaba de un lugar a otro tal es el caso de una persona que necesita de una droga. Lo expresaba, sin mayor reparo, que su ansiedad e incluso molestia, era a causa de que no tenía Internet en su iPhone.

Su desempeño en la empresa se redujo, tuvo conflictos con algunos compañeros, se veía incómoda, molesta, necesitada... 

¿Hasta qué grado dependemos, amable lector, de un aparato de menos de siete pulgadas para ser felices?

Como dije al principio: el dispositivo no existía -tal cual lo concebimos hoy en día- hasta antes del dos mil siete, a su vez, es verdad, un smartphone sin Internet es solo un ladrillo-celular light con pantalla táctil pero, de eso a depender a tal grado de tan solo una de sus cualidades.... hay mucha distancia de por medio. 

Desafortunadamente lo sucedido con mi conocida no es un caso aislado, al menos no en su totalidad.

Al renovar y sustituir mi equipo móvil por otro más reciente -léase eso como una nueva versión aunque en días se hace viejo cualquier smartphone- el vendedor me dijo, pues me había quedado algunos días sin dispositivo:

Ya era justo la entrega. Hoy en día no traer celular es como no tener una mano. 

Sí, a ese grado y con esas mismas palabras.

Me gusta tener un smartphone y saber que literalmente en la palma de mis manos puedo traer al mundo conmigo pero lamentablemente vemos casos de cómo mientras el planeta está a solo un clic las personas se alejan más y más. 

Día a día me percato de ello, en restaurantes y áreas de comidas o incluso en parques o reuniones las parejas, conocidos, amigos y padres a la hora de comer hacen todo menos convivir: cada uno trae consigo un móvil inteligente, sus ojos fijos a el -se supone interactuando con ellos- y comiendo o haciendo acto de presencia -física- . 

La o las personas frente a ellos -o a su lado- están tal cual lo está un marco en alguna galería. 

Si bien es cierto que primero el teléfono y luego el smartphone se hicieron para acortar distancias pareciera que aunque las reduce -podemos hablar con cualquier persona a cualquier latitud del globo- hace más grande el trecho hacia las personas que podemos tocar.

¡Terrible!



La imagen de la cabecera del post la obtuve en Flickr
Tags: adicción a la tecnología, smartphones, internet y smartphones, somos adictos al Internet