La verdadera importancia de Benedicto XVI.


Cuando Joseph Ratzinger anunció su deseo de renunciar al ministerio petrino que encabezaba desde el diecinueve de abril de dos mil cinco el mundo -tanto religioso como secular- se quedó en shock pues nadie, en épocas modernas, recordaba un suceso igual de trascendental.

Poco a poco la sociedad fue asimilando y conociendo los diversos nombres de contados pontífices que, al igual que Benedicto XVI, habían optado por dejar el papado aunque solo uno de ellos -Celestino V- lo hizo de una manera más o menos similar al del papa alemán.

Los días, desde el once de febrero [de dos mil trece] hasta que se hiciera efectiva la dimisión generaron una mediática atención hacia el Vaticano mientras los pasos del que sería pronto un ex-papa con vida eran seguidos con peculiar atención.

Cuando llego el día -el veintiocho de febrero, dos mil trece- la mayoría de los medios masivos se encargaron de transmitir tanto el traslado fuera del Vaticano de Ratzinger como sus últimas palabras- a la luz pública- todavía como jerarca de la Iglesia Católica.

A pesar de la cobertura, al menos en América Latina, el evento no causó mucho impacto entre la gran mayoría de los católicos, desde los más piadosos -religiosos- hasta los que lo son por tradición.

¿Por qué la partida/renuncia de Benedicto XVI pasó tan inadvertida en ésta parte del globo -México e Hispanoamérica-?

Desde la elección del papa Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II se supo que éste -el alemán- gozaría de mucho menos popularidad que su antecesor.

Tiempo después, durante sus casi ocho años de pontificado, demostró que su atención estaba enfocada tanto a Europa como a una feligresía no fanática religiosa.

En el continente americano desafortunadamente para el catolicismo, la religión bimilenaria goza de gran porcentaje de fieles pero la mayoría pertenece a la institución más por tradición o aspecto cultural que por convicción.

Tristemente del cien por ciento de los cristianos-católicos me atrevo a calcular, sin una cifra exacta, que quizá poco menos del veinte por ciento de ellos son realmente consientes y creyentes de las oraciones que aseguran creer cuando recitan el Credo.

Para justificar un poco el dato anterior tomemos como ejemplo el Consenso Nacional de la Argentina del dos mil diez en su apartado de opiniones y creencias religiosas.

El cincuenta y dos por ciento de quienes se consideran católicos afirman que la figura del papa -en ése momento Benedicto XVI- tiene poca o ninguna importancia en su vida.

Por su parte, aunque la encuesta rescata que casi el setenta y seis por cierto de los argentinos son católicos, tan solo el veintitrés por ciento afirma que su relación con dios la hace por medio de la institución religiosa.

Aunque ésta encuesta revela la radiografía de un único país latinoamericano, refleja en mayor-menor medida la media de opinión acerca de la figura del papa.

Por su parte otra encuesta, pero realizada en los Estados Unidos, luego de la elección del papa Francisco, sucesor de Benedicto XVI, revela que entre el setenta y tres al ochenta y ocho por ciento de los católicos está feliz con Bergoglio como papa.

En contraparte, en dos mil cinco, luego de la elección de Ratzinger, solo el sesenta por ciento de los americanos católicos aprobaban y se sentía a gusto con el sucesor del papa polaco.

Hay una frase, o idea más bien, que actualmente para la fe católica, queda del todo bien: aunque no comulgo plenamente con algunas ideas o conceptos del catolicismo éste me resulta cómodo y familiar.

Pero a la jerarquía lo anterior lo sienta bien. Explico.

Una de las principales pugnas del primer papa emérito de la historia -Benedicto XVI- con La Curia romana cuando era papa fue las ideas diferentes de la calidad, por llamarlo de alguna manera, de los fieles.

Ratzinger prefería que quienes se dijesen católicos lo fueran de verdad [coloquialmente, al cien por cien] mientras que los altos mandos al poder dentro del Vaticano preferían solo cifras elevadas de fieles aunque éstos solo lo fueran de nombre.

¿Por qué? Porque es más rentable -y conlleva más poder- que una institución maneje cifras extraordinarias de fieles -entre comillas- que la misma organización con un número reducido.

Si luego de la conocida no popularidad en América Latina del pontífice emérito se le suma que, tras trece días de que no hubiese papa, se elige como sucesor a alguien simpático, agradable a la vista, con apariencia de humilde y latinoamericano... el papado de Ratzinger lentamente -o quizá no tanto- es condenado a ser olvidado para la memoria latinoamericana.

La renuncia de Benedicto XVI fue un hecho que marcó el año dos mil trece aunque los católicos solo lo vieron, la mayoría, como eso y no como -de alguna manera- algo relevante tanto para su vida de fe como, sobre todo, para la historia de la Iglesia Católica.



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La imagen de la despedida del mundo del papa Benedicto XVI la obtuve en el sitio peru.com