El papa Francisco: ¿el títere del Vaticano?


El Cónclave 2013 tuvo como objetivo elegir -de entre ciento quince cardenales de la Iglesia Católica romana- a uno de ellos como el sucesor del papa Benedicto XVI.

Por cómo se daba la transición de poder -luego de una histórica renuncia del pontífice anterior- se esperaba, tanto el mundo secular como el creyente, un personaje especial.

Y los cardenales electores no fallaron.

Al balcón de la Basílica de san Pedro, luego de poco más de una hora después de la fumata blanca, salió el cardenal Jorge Mario Bergoglio convertido en el papa Francisco. Parte del planeta se quedó en shock.

Francisco, quien es conocido como el primer papa americano de la historia, inmediatamente generó lo que su antecesor nunca tuvo: simpatía.

Sus aparentes gestos de humildad -constantemente recordados por la sala de prensa vaticana- lograron enamorar a los fieles que lo recibieron en Roma y a quienes lo vieron, por primera vez, a través de la televisión.

Y es que el Papa Panchito -como se le llama en Latinoamérica- es una mezcla rara pero eficaz de Juan XXIII -el papa bueno- y de Juan Pablo II.

Es alguien que cae bien, que es -aparentemente- simpático y que, con la ayuda del cuerpo de prensa católico, día a día, es pintado como una especie de católico único y en peligro de extinción.

Haber pedido una oración antes de bendecir a los fieles -al momento de su presentación al mundo como papa-, el no portar la tradicional -y enorme- cruz de oro de todos los pontífices además de no salir al balcón vestido ostentosamente -sino solo de blanco- causó, en muchos, un impacto favorable.

Se acabaron los tiempos del carnaval -se dice que dijo Bergoglio minutos antes de salir al balcón cuando le ofrecieron la tradicional capa roja ribeteada ceremonial de los pontífices. 

Parte del mundo -tanto creyente como no- pide, a gritos, que la Iglesia Católica refleje humildad y sencillez y el papa Francisco cumple con esa función ya que le dice al mundo: la iglesia es pobre y para los pobres.

En el nombre del papa -por Francisco de Asís- se intenta reflejar dicho espíritu aunque no todo es miel sobre hojuelas.

Quizá sí para los creyentes de a pie pero para quienes buscan leer más allá de entre líneas -tanto fieles como no- la cosa, como dice el papa jesuita, no va del todo bien.

Un vaticanista en un panel de análisis de la RAI argumentó que la pobreza o estilo de vida de un papa no refleja ni exige necesariamente una reforma a la institución que -aparentemente- preside-.

Sin duda, es cierto.

Dentro de las ciento sesenta y seis intervenciones que hubo durante las Congregaciones Generales de los Cardenales desde que la sede apostólica quedó vacante [el primero de marzo, 2013] hasta un día antes de inicio del cónclave [doce de marzo] se discutieron -a puerta cerrada- varios puntos.

Pero como siempre hay cardenales indiscretos que filtraron información: 

El caso de la correspondencia extraída -confidencial- del escritorio de Benedicto XVI [Vatileaks] causó estragos así como a su vez el constante descenso de fieles en Europa.

Otro punto importante tratado -además de las tradicionales negativas al aborto, eutanasia, sacerdocio femenino, matrimonio homosexual- fue la cara que da la iglesia al mundo. La mayoría de los clérigos admitió que mostraban todo, desde fuera, menos ser piadosos.

Y fue eso, queridos amigos, lo que trajo consigo el cónclave. Por eso Lombardi -jefe de prensa de la Santa Sede- estaba tan tranquilo: la elección ya estaba fríamente calculada.

Antes de entrar a la Capilla Sixtina a votar los cardenales ya tenían bien definido tanto el perfil como a los candidatos ideales para llenarlo.

¿Cuál perfil?

Un personaje que atrajera lo que la Iglesia ya no tiene: credibilidad y gente. 

De los principales conflictos que tuvo el pontífice emérito Benedicto XVI con la Curia romana y con los demás cardenales fue su manera de ver el cristianismo.

El profesor de teología convertido en papa luego de Juan Pablo II prefería una iglesia con cinco fieles que supieran lo que creen y estuvieran convencidos de ello que un templo lleno con miles de personas gritando al unísono amén y siguiendo imágenes sin saber por qué.

Tristemente lo segundo es lo que en gran parte de América Latina se da al por mayor: una religiosidad ciega que solo sigue masas, personajes e imágenes. Por eso Ratzinger nunca cayó del todo bien en el continente americano: él quería lo contrario.

Otra cosa que notaron los Príncipes de la Iglesia -lo cardenales- fue que Juan Pablo II tuvo un click especial, una magia única con la feligresía y que aunque eso no influyó en que el catolicismo se viniera a bajo sí fortaleció la fe -o algo así- en la gente hispanoparlante.

En una de las columnas recién publicadas luego de la elección del papa Francisco leía que la moda de que los papas fueran simpáticos o agradables la introdujo Wojtyla pues antes -amén de Juan XXIII- ninguno de éstos pretendieron captar la atención -llamativamente- de los fieles.

El obispo emérito de Roma, Joseph Ratzinger, también pensaba igual. Él nunca pretendió ser la estrella rock que su antecesor; eso esperaba la gente y eso no obtuvo. Por eso su renuncia fue algo casi sin revuelo en América.

Y es que si nos remitimos al significado de la palabra papa en latín clásico ésta significa tutor o padre. Por ahí una vez leí que los padres no deben de ser amigos de sus hijos, solo padres. Así pues, un Sumo Pontífice, por ende, no debe de caer bien o ser simpático, sino conducir a los fieles.

La mayoría de los miembros de la Curia nunca estuvieron conformes con el pensamiento estricto de Ratzinger -léase los telegramas filtrados en el escándalo Vatileaks- y como Benedicto XVI no se prestó a ello necesitaban, en su sucesor, a una marioneta que manipular para atraer masas mientras las aguas siguen siendo turbias en el Palacio Apostólico.

Si sumamos eso a que Jorge Mario Bergoglio es un personaje que no se ha enfocado -como Arzobispo de Buenos Aires, Argentina- a la gestión sino más bien a la gente se tiene al candidato idóneo.

Además, como cardenal, el papa Francisco siempre se mantuvo alejado de los carrerismos, jugueteos y el coqueteo curial; procuraba estar solo el tiempo necesario en Roma ya que él amaba la calle.

La propuesta de los cardenales a Bergoglio fue simple, cobijados por los lienzos de Miguel Ángel:

-Tú sigue igual [comportándote simpáticamente, siendo bonachón, alegre, humilde -en la medida que el título papal lo permite-] mientras nosotros [La Curia] nos seguimos haciendo cargo de todo.

Y es que realmente si se hubiese querido solucionar la situación tan negra y endemoniada que pintó -sutilmente- Benedicto XVI luego de anunciar su renuncia, el Cónclave tendría que haber sido más largo.

Además de la duración [únicamente cinco rondas] se tendría que haber elegido a un cardenal con perfil de teólogo y de mano dura y firme en el gobierno clerical -cosa que Francisco no puede presumir como prelado en la Argentina-.

Es por eso que vemos cómo las homilías del papa argentino suelen siempre salirse del papel; aunque trae un discurso escrito siempre improvisa: de una u otra manera pretende dar una impronta personal a su papado porque sabe que suyo, realmente, no es.

Muchos piensan, vagamente, que un rey o un presidente gobiernan por sí solo una nación. No es cierto. Dichos personajes dependen -en mayor o menor medida- de una serie de co-actores políticos para llevar a cabo la gestión.

Lo mismo pasa en el Vaticano. El papa en turno es solo la cara visible del gobierno más no quien lleva todo el poder. Detrás de él están muchos intereses que, lamentablemente, poco o nada tienen que ver con lo que dicen que dijo Jesús y que está plasmado en los Evangelios canónicos.

Aunque nadie igualará a Juan Pablo II -me dijo una conocida- a éste papa -Francisco- ya le quiero y me cae bien; no me pasaba lo mismo con el alemán. 

Dentro de la frase anterior hay algo más. Lamentablemente decían que a Karol Wojtyla era un papa que se le tenía que ver y que a Ratzinger se le tenía que leer u oír.

Con Francisco se regresa a la fórmula del éxito: verlo para cautivar y seguir engrosando, aunque sea en el continente americano y en África, las listas de católicos.

Y es que cuando sale el papa jesuita en escena la gente se enfoca únicamente a analizar sus gestos o acciones y no sus mensajes u homilías.

Tanto los medios católicos como los seculares se detienen en: no usó el auto tradicional del pontífice, no trae zapatos ostentosos, no porta una cruz de oro, viste sencillo, visitó incógnitamente a alguien... pero de sus homilías o mensajes poco o nada se analiza.

Así pues vemos cómo sutilmente el Vaticano volvió a ganar.

La gente pedía humildad y la ve en Francisco. Los fieles aclamaban a alguien simpático y buena gente -y no con cara de pocos amigos como la de Ratzinger- y el Cónclave dos mil trece se los dio.

¿Los feligreses piden pan y circo

Los cardenales, piadosamente, acceden: un títere vestido de blanco para entretener mientras por dentro, quienes lo controlan, dejan las cosas y escándalos igual o incluso peor que cuando Ratzinger estaba en el trono de san Pedro.




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La imagen del papa Francisco la obtuve del Facebook de News.va

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