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Reflexión: un problema llamado etiquetas sociales.


El otro día respondí a un tuit con un poco de originalidad o al menos eso pensé en un inicio. El mensaje en cuestión aseguraba que el perfume favorito de las mujeres era el de la ropa nueva; yo, en mi vacilación de original, dije que el de un hombre era el olor a carro nuevo.

Sin pensarlo ni proponérmelo mi mensaje tuvo eco causando en más de alguno de los lectores oposición. Reparé mi mensaje original argumentando que los estereotipos no eran buenos y que, efectivamente, no todos los varones [ni a las mujeres] prefieren una utópica fragancia determinada. 

Cometí un error -fue solo una broma- pero me puso a pensar y analizar el detalle y aunque lo pasé de largo algo que leí me hizo retomar el tema. 

Y lo que leí fue un artículo de un buen amigo [Daniel Cortés] en su columna un Rosa Mexicano dentro del portal Bogotárosa [un sitio con noticias sobre la comunidad LBGT a nivel mudial y local -Bogotá, Colombia-] me hizo reflexionar un poco más en lo anterior.

En su publicación propone un mundo sin tapujos socio-sexuales; de esos que limitan a un heterosexual abrazar a otro varón porque lo tacharían de gay, o que encasillan a un homosexual a no saber de deportes o a bailar como un bailarín de música pop.  

Y es que, lamentablemente, tanto occidente como la parte oriental del mundo se ha encargado, a lo largo de los siglos, de predefinir un modelo o figura pre-establecida para el cómo se deben de comportar los diferentes géneros sexuales a lo largo de su vida. 

Pero las etiquetas no solo se enfocan al plano sexual [aunque el artículo de Daniel Cortés enfatiza en el] sino que limitan, sutilmente, a las personas a no aspirar ser algo más de lo que el mundo se ha propuesto encasillar. 

La conducta es algo que, explica la psicología, se va formando de acuerdo a la experiencia propia del individuo a lo largo de su vida y, sobretodo, a lo que va aprendiendo o captando de la sociedad en la que se ve envuelto. 

Y también aceptamos del mundo que nos rodea los modelos socio-culturales de los otros. Por eso en algunos lugares del Orbe un gesto puede significar algo afectivo mientras que, del otro lado, ser una mueca agresiva.  

¿Eso es bueno?, ¿Malo? Lamento decirle, amable lector, que ninguno de los dos adjetivos engranan con la idea. 

Nuestra conducta y las capacidades cognitivas que desarollamos necesariamente tienen que generarse a partir del entorno, de la sociedad y de la cultura en la que nos vemos inmersos; no hay otra forma. 

El problema radica cuando en base a ya un desarollo perceptivo propio decidimos seguir con dichos modelos ocasionando que dichas expectativas limiten tanto nuestro propio actuar como el de otros. 

Coincido en que muchas veces el famoso más vale viejo por conocido que bueno por conocer es atrayente e inquietante pero nunca, o casi nunca, es lo mejor. La apertura de mente, la opción de cambiar tiene que ser más exitante que la comodidad. 

En otros siglos, y como resultado de la pobre cultura o de la posibilidad de aprender y conocer, era común mantener una mentalidad negativa a los cambios pero vivimos en una época envidiable en muchos aspectos.

Retomemos el punto de la sexualidad. Siempre han existido homosexuales pero ahora -en el siglo veintiuno- nos invaden [léase con sarcasmo] por la apertura hacia ciertos temas que ha propiciado tanto el mundo como sus protagonistas.

Lo mismo pasa con los ateos, herejes o blasfemos. Desde tiempos inmemorables han habido seres humanos que se declaran no creyentes o que se burlan de las creencias de otros. El mundo, el Internet y el mundo globalizado permite que ahora se conozcan más humanos con esa ideología.   

Siempre ha habido prostitutas, abortistas, bisexuales, discapacitados... y ese es el problema. Solemos encasillar, marcar, segmentar y, aunque muchos se resisten a aceptarlo, discriminar.

Un mundo que se engalana de presumir que ha cortado froteras gracias a la tecnología y, que de igual forma, la comunicación ha hecho posible el poderse encontrar con personas al otro lado del planeta no debe darse el lujo de permitirse clasificar a seres humanos.

Pero el problema no lo tiene la sociedad que está de salida [los ancianos] pues ellos, de una u otra manera, forjaron un mundo que, para ese segmento, está desapareciendo. Es cierto que dejan un legado pero no por eso se debe de estar obligado a mantenerlo.

La solución la tiene la población naciente [niños, jóvenes, adultos] que tiene estar dispuesta a romper dogmas de conducta. Pero nosotros no nos permitimos ver más allá; preferimos seguir esquematizando conductas, valores y maneras de pensar.

Claro, el primer paso es personal y éste se debe de caracterizar mostrando un otro distinto al que todos han conocido. El individuo se tiene que comportar de otra manera a la tradicional, vestir no como la sociedad le dice, decir lo que realmente piensa, ser lo que quiere ser y no lo que se impone. 

En pocas palabras: ser nosotros mismos sin temor de no ser o comportarnos como siempre nos han dicho. 

Antes de querer soñar en que los seres humanos no sean catalogados y el de pensar no clasificar nosotros a nadie tenemos que quitarnos ésa o esas etiquetas sociales que los otros han puesto en nosotros. 

Si ni usted, amable lector, ni yo nos permitimos eliminar las etiquetas que siempre nos han acompañado, jamás podremos ver a los otros sin ninguna clasificación. 

 
 
Imagen | agm92
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