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Benedicto XVI explica qué es la oración.

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Benedicto XVI ha iniciado una serie de catequesis acerca de la oración planeando explicar el sentido espiritual de la misma. Cuando leemos algo relacionado a las plegarias que eleva un fiel a su deidad muchos se muestran escépticos e incluso critican la práctica porque la mayoría de quienes realizan algún tipo de súplica solo se quedan con ello sin llegar a algo palpable.


Antes de analizar las palabras de Ratzinger [del 11 de mayo de 2011] de lo que podemos considerar como la primera entrega de estas catequesis –que suelen durar un año– me gustaría definir lo que es la oración tomando para ello la definición que en su autobiografía realiza santa Teresita del niño Jesús:
Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría.
Partiendo textualmente del punto 2566 del Catecismo de la Iglesia católica [CIC] el pastor del pueblo católico inició:
Por la creación dios llama a todo hombre desde la nada a su existencia; aún después de haber perdido la semejanza con su creador como consecuencia del pecado, el ser humano conserva  o expresa un deseo o vinculación hacia quién le creó.
Todas las religiones –continúo Ratzinger– a lo largo de la historia de la humanidad testifican el hecho de la búsqueda que ha tenido el ser humano hacia una deidad creadora o al menos una inclinación a un ser superior. Partiendo de esto se ha maquetado la teoría de una especie alterna o al menos potencializada del famoso homo sapiens: el homo religiosus o religioso. ¿Qué es esto?

Los restos arqueológicos datados más antiguos corroboran el hecho de que el hombre ha tendido siempre a lo trascendental. Es por eso que se aterriza en la idea de que el ser humano es una especie religiosa por naturaleza.

Benedicto XVI expresa en su charla que la Iglesia católica justifica el hecho basándose en el punto veintisiete del CIC donde se expone el deseo de dios es algo inscrito en el corazón del hombre pero si nos remontamos un poco más hacia atrás podemos recurrir incluso a la Constitución Pastoral GAIDIUM ET SPES del Concilio Vaticano II la cual desde sus puntos 19 al 21 trata de exponer y explicar el ateísmo. En el punto 19 se dice, además, un poco más sobre la tendencia hacia los cielos del ser humano:
La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con dios. El hombre es invitado al diálogo con dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su creador.
La especie religiosus es, desde luego, rechazada desde el ateísmo bajo una justificante que no está de más conocer. Ante la sugerencia de que por naturaleza el ser humano tiende a lo superior el filosofar ateo nos dice que el hombre crea dioses para revelar fenómenos o situaciones no expuestas de una manera lógica. Explico.

La raza humana ha tenido diversos e inmensos panteones divinos que datan desde sus orígenes como civilización más poco a poco el número de dioses ha disminuido cayendo incluso en el popular monoteísmo. Como la mayoría sabemos las civilizaciones antiguas tenían un dios para casi todo fenómeno natural existente o suceso físico: un dios del sol, de la luna, de la lluvia…  

El hombre, nos dicen los ateos, no es una especie que pueda quedarse en ignorancia; si algo desconoce elaborará teorías, al menos, para explicarlo. Es en ese momento en el cual surge ese homo religioso que no es más que la respuesta lógica ante cosas en ese tiempo desconocidos –por la no existencia de la ciencia– dando lugar así a la popular teoría del dios de los huecos: deidades que surgen para llenar los espacios que la razón, en un momento dado de la historia, no puede colmar satisfactoriamente.  

Benedicto XVI, por su parte, finaliza su postura del homo religioso asegurando: superar la finitud y asegurar la precaria aventura terrena es el principal motor por el cual el  hombre tiende hacia un creador omnipotente.

Retomando nuevamente el concilio Vaticano II, ahora por sugerencia en la catequesis del pontífice, nos dirigimos a la declaración Nostra aetate la cual aborda la postura de la Iglesia católica con otras denominaciones religiosas no cristianas. En la conclusión de su punto primero la manifestación subraya un punto de manera particular:
Los hombres esperan de las diferentes religiones una respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana que, hoy como ayer, conmueven íntimamente sus corazones. ¿Qué es el hombre?, ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida?, ¿Cuál es el origen y el fin del dolor?, ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad?
El hombre –continúo Ratzinger–  sabe que no puede responder por sí mismo a su propia necesidad fundamental de entender. El hombre lleva consigo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el absoluto; el hombre lleva en sí el deseo de dios. Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a dios, que puede rezarle.

Las preguntas –popularmente llamadas universales– no tienen una total cabida en el pensamiento ateo, perdón por realizar tanto paralelismo pero considero adecuado, como se dice, mostrar ambas caras de la moneda.

En las religiones, las que sean, el ser humano es el ente principal de la creación: el predilecto, el elegido… la cereza del pastel. Por esta razón si se realiza un cuestionamiento con dicha óptica, egocéntrica, no se podrá responder satisfactoriamente sin recurrir a un ente superior, al creador.

Para el ateo, en resumen, el hombre es uno más en el efímero paso del Universo; quien niega a una deidad sostiene que no somos más –el género humano– que una porción pequeña de vida en el Universo, que sin duda tendrá más vida que la conocida hasta ahora en la Tierra.

¿Cuál es el sentido de nuestra existencia?, si se realiza tal cuestionamiento a un verdadero ateo la respuesta será algo así: nacer, crecer, reproducirnos y morir. No más.

La oración, prosiguiendo con la catequesis del obispo de Roma, es una experiencia que debe tener presente una actitud de recogimiento interior antes que realizar una serie de prácticas o recitar fórmulas.

Ratzinger recordó las palabras de Ludwig Wittgenstein, filósofo, para expresar aún más su idea: orar significa sentir que el sentido del mundo está fuera del mundo.

Arrodillarse es para muchos, explicó Benedicto XVI, un gesto ambivalente: el hombre puede ser obligado a ponerse de rodillas como condición de esclavitud pero también, a su vez, puede arrodillarse espontáneamente para confesar con humildad la necesidad de otro, a este otro se le confiesa que se es débil, necesitado, contingente.

El dirigirse personalmente hacia el más allá es la esencia, para Ratzinger, de la oración. En dicha experiencia la criatura humana expresa toda conciencia de sí misma y reconociendo con ello su inferioridad como creatura pero sobre todo una necesidad de ese ser supremo. La oración por tal, sugiere el pontífice, tiene que superar toda experiencia sensible y contingente; es necesaria una apertura –sincera– y elevación del corazón humano al dios en el que se cree. 

Si sirve o no sirve orar, como se critica mucho, es tema para otra catequesis papal –si es que se da– pues en esta expresó, únicamente, lo que es y conlleva la experiencia de la oración: un diálogo íntimo, secreto y único de la creatura con su creador.



Imagen | KUMS 
Palabras Benedicto XVI Audiencia General [11/05/11] 
Textos Eclesiales | CIC / Gaudium et Spes  / Nostra Aetate 

[benedicto xvi, ratzinger, audiencia general, oración, que es la oración]

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