Frustrado.

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Cuando inicias un proyecto o te aventuras a retomar algo que habías dejado regularmente lo haces con mucho ímpetu y deseos de que lo que en lo que inicias, sea lo que sea, llegues a la meta originalmente trazada pero ¿qué pasa cuando algo no sale como lo planeado, cuando lo que tenías bajo control se va de tus manos? Te frustras, o al menos, yo sí.



Eso –la frustración– la he vivido en un presente muy reciente. Hace cerca de un mes volví a un sitio muy valioso, querido e importante para mí con el afán de continuar en mi intento de trazar un proyecto de vida en base a mi carrera. Un mes después me siento frente al monitor de mi laptop, en la sala de mi casa, con un aparente mismo estado que antes de haber dicho sí a dicho proyecto un mes atrás, o sea, que el intento de retornar a ese lugar tan apreciado por mi parece que fue infructuoso pues aunque compartí gratos momentos y muchas sonrisas todo quedó igual: me sentí como un cangrejo que en lugar de avanzar, retrocedía.

Lo peor de todo es que no llegué a la meta que era el trece de agosto. Tuve que dejar el barco, por así decirlo, antes. La causa: algo en este momento más importante, mi escuela. Tengo dos materias pendientes y menos de dos semanas para terminarlas. Puse ambas cosas en la balanza y ganó mi Universidad. Tuve que tomar una decisión.

La partida fue –y es– dolorosa ya que no siento que fue en los mejores términos. Hubo laceraciones y cosas no muy gratas. Fue duro, demasiado, pero sí no lo hacía así nunca lo hubiera hecho. Hoy les comparto eso, apreciables lectores, esa cara de frustración de mi imagen y un corazón maltrecho pues aunque siente y sabe –mi corazón– que tomé la mejor decisión, por lo menos a lo que respecta en mi hoy, duele haberla tomado. Y duele mucho.

Ahora sólo queda levantar la cara, terminar mis materias y tocar puertas…. esperando que se abra la que cerré o que me responda alguna nueva.

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