Reflexión: No existe enemigo pequeño.


Publicado originalmente en Filosofía en la Red el martes seis de diciembre de dos mil dieciséis


Estamos acostumbrados a reconocer y aceptar que existen jerarquías o depredadores naturales como el tiburón, la águilas, las víboras, los humanos o los leones. 

Si nos referimos a jerarquías la mayoría vivimos en sociedades democráticas -en teoría- en las que coexisten una serie de poderes que legislan. También hay países con dictadores y si nos remontamos más al pasado, con monarcas absolutos. 

A su vez toleramos, la mayoría, el sabernos subalternos de jefes en el trabajo, profesores, padres o depender de una línea de mando directa o indirecta. Y si nos vamos a creencias religiosas, independientemente del credo, siempre existen ministros dedicados al culto que son superiores a los simples mortales. 

Se nos ha enseñado eso. A respetar y saber vivir con quién nos es superior pero hay ocasiones donde esto no es del bien común y nacen las revoluciones... tanto masivas como individuales. 

Centrémonos en las segundas. 

La semana pasada [veintisiete de noviembre, dos mil dieciséisla BBC mediante Twitter dio a conocer un peculiar vídeo donde vemos cómo mientras una leona se disponía a cazar una jirafa ésta se revela para darle tremenda zarandeada y, claro, salvar su pellejo.

Y es a raíz de este quizá simple vídeo que quiero hacer mi reflexión de hoy, amable lector. 


Hay un dicho, en México, que reza: "el valiente vive hasta que el cobarde quiere". ¿Qué quiere decir? 

Que aunque es verdad que existen opresores y gente que abusa, muchas veces -en la mayoría de hecho- el oprimido directa o indirectamente lo permite. No en todos los casos, aclaro, pero muchas veces solo nos dejamos arrastrar por la corriente de estar bajo un yugo sin siquiera plantearnos el por qué. 

Es como el elefante que está atado de una pata a un pequeño mástil. Claramente el mamífero puede con su fuerza quitarse la cadena pero está educado, entrenado, a permanecer inmóvil y aceptar su condena. 

Del mismo modo aceptamos que existan personas depredadoras de otras. Lo vemos natural, como parte de la vida, como norma no escrita de lo que es común y que debe de ser

Pero todos tenemos la oportunidad de cuestionar dicha opresión y de, por qué no, sacar la jirafa que llevamos dentro contra todos y cada uno de los leones con los que convivimos

De hecho, debería de ser algo normal. ¿Qué hijo no le cuestionó algo a sus padres? 

Así como en nuestro proceso de maduración terminamos tarde que temprano levantando la voz, diciendo que no a algo en casa o directamente confrontando a alguno de nuestros padres o tutores así lo debemos de aplicar en toda nuestra vida. 

Independientemente de que sería aburridísimo vivir una vida en donde nada se cuestione y todo se acepte tal cual -hasta los creyentes confrontan a su dios cuando algo sale mal o ante una mala racha- es parte, tendría que ser, del ADN humano.

Siempre habrá alguien arriba de nosotros, tanto jerárquicamente como quién nos deprede pero debemos de poner resistencia. No ser esa presa fácil que incluso se pone la pistola en la cien y aprieta del gatillo. 

Luchar, resistirnos y no dejarnos a la primera de cambio es la bandera que estamos llamados a izar. 

No existe enemigo pequeño. Existe aquél que se deja empequeñecer.



Imagen del artículo | Sebas Morelli Jaimez 
Visto en Gizmodo

Roles de género: ¿otro tipo de violencia?


La ONU celebra cada veinticinco de noviembre el día internacional de la eliminación de la violencia contra las mujer. Regularmente cada año los diferentes medios nos informan cifras alarmantes del número de niñas y mujeres que son violadas, maltratadas o lastimadas cada hora, día o anualmente… un dato que aunque impresiona al cabo de un rato queda, lamentablemente, como algo anecdótico. 

Y es que aunque siempre vemos a las mujeres como un grupo vulnerable -y lo son, porque se abusa de su condición en muchos entornos sociales y culturales aún en el siglo veintiuno- también el hombre, como género, sufre o es víctima de violencia tanto por mujeres como por su propio género, su familia o círculo cercano de convivencia. 

Nacer hombre o mujer automáticamente nos adjunta el hecho de tener que tener -perdone el pleonasmo, amable lector- un cierto gusto y tendencia hacia algunas cosas. 

En el caso de los hombres: a los carros, mujeres semidesnudas, ser dominante y proveedor en casa, contar con destreza en oficios como plomería, electricista, etc. y ser fuerte para el trabajo rudo. 

Con las mujeres la delicadeza es lo que premia: las muñecas deben de ser su juguete, los hombres ser a quiénes admirar y respetar, tienen que aspirar a ser madres abnegadas de familia, estudiar alguna carrera -si bien les va- aunque no ejercer por dedicarse a su casa, ser diestra en la cocina y en los quehaceres del hogar así como saber tejer lindos chalecos para regalar en navidad. 

Pese a vivir en medio de una era que se dice moderna la cultura de la mayoría sigue marcando roles preestablecidos a cada género. Es decir, si eres niño no te pueden gustar las princesas; si eres mujer y quieres aspirar a un puesto mejor, debes enseñarle al jefe -y no precisamente cómo trabajas- o dejarte manosear. 

Vivir entre roles es cruel ya que no te permiten -o se te cuestiona, se te hostiga- ser natural, como uno es. Ser hombre no es condicionante para saber de mecánica o ser mujer no es sinónimo de cocinera

Aunque es verdad que quizá ciertas actividades las puede desempeñar mejor un hombre o mujer (por sus características física, por ejemplo, en trabajos “rudos”) esto no debe de ser una norma ni una condicionalmente y, mucho menos, un rol o estigma que no deba ni pueda ser violado. 

En cuanto a roles comentaba al inicio la violencia que sufre el hombre (varón) ya que sobretodo en este siglo los hombres -hablando de género- hemos optado por decir, mostrar o expresar que no entramos en el molde que se dice debemos entrar y eso tiene consecuencias vivas en un país tercermundista o en uno de la élite. 

Desde segmentarse hasta burlarse de ti u ofenderte, e incluso catalogarte como homosexual -lo seas o no- a manera de comentario lacivo y discirminativo.

Ser varón o mujer no lo determina qué haces, qué te gusta o que no sabes o quieres hacer -ni mucho menos quiénes te gustan-; la biología nos da el sexo pero de eso a limitarte a ciertas actividades contrarias a tu género simplemente no va. 

Eso que llamamos roles es una forma más de violencia, sea a hombres o mujeres.



Imagen | FMDOS

Reflexión: El planeta necesita un poco de altruismo.


Publicado originalmente el veintidós de noviembre de dos mil dieciséis en Filosofía en la Red.

Hace algunos días llevé a vender, luego de varios meses de recolecta, botellas pet que junté -de casa- separándolas de la basura “tradicional”. 

El kilo del producto no lo compran por millones y eso es sin duda uno de los principales puntos de debate. Algunas personas me cuestionan al saber cuánto “gano” por ellas (nueve kilos se transformaron en poco más que un dólar) y si es o no realmente algo rentable. La respuesta, sencilla, es que no… pero es que no lo hago por vender sino por reciclar

Y he aquí el problema del asunto. 

La mayoría de nosotros, evidentemente, siempre buscamos que nuestro esfuerzo, de cualquier tipo, sea redituable -y qué mejor si es por una suma importante de efectivo- centrándonos así en nuestro “yo” y por ende negándonos al altruismo ó a dar mucho a cambio de poco. Pero es precisamente esta práctica, la de dar, la que ha hecho grandes cosas en el “mundo moderno”; ¿un ejemplo rápido?: la Wikipedia. 

No es que esté mal recibir dinero por nuestro trabajo, ¡mal haríamos... ! pero no todo se reduce a eso. Es decir, a veces, dar un poco/mucho a cambio de nada no hace mal

Retomando lo de las botellas pet, he aquí uno de los problemas principales del siglo veintiuno: la no solo falta de cultura de separar la basura sino la de que al ver que nueve o diez kilos de botellas nos “deja” tan poco de dinero optamos por tirarla al cesto tradicional o a la calle… nos quitamos el trabajo de juntarlas y llevarlas a “vender” en pro de nuestra casa común -alardeando a Jorge Mario Bergoglio- porque no nos “va a dejar” dinero. 

¿Pero qué más que ayudar un poco a nuestro planeta? 

Ése es nuestro problema como especie. 

Muchas veces tenemos literalmente en nuestras manos la manera de juntar/separar residuos y porque o creemos que unos pocos kilos no harán la diferencia o porque definitivamente es más el trabajo que lo que ganamos dejamos pasar la oportunidad de contribuir a esa cadena -necesaria- de reutilizar los recursos.

No estamos ya en una etapa para tirar y no volver a usar. El calor tan extremo, los fríos que calan los huesos y las lluvias que desbordan ríos o la falta de agua que seca la tierra son gritos desesperados del planeta pidiendo ayuda

Y es que tenemos el gran honor de que el planeta nos esté pidiendo -casi casi exigiendo- ayuda… lo más fácil para la naturaleza sería desbordar ríos, erupcionar volcanes y cimbrar la tierra para terminar la plaga que le carcome (los seres humanos) pero será por cariño, masoquismo ó -póngale aquí la/las deidad/es de su preferencia- la medición de “Algo”... pero seguimos con la oportunidad de seguir viviendo en un diminuto y pálido punto azul.  

¿Es realmente tanto trabajo separar nuestra propia basura o preferimos que el planeta nos conduzca en un futuro ya no tan lejano a la extinción? 



Somos consecuencia de nuestro pasado (reflexión).





>>Nota: dos mil dieciséis ha resultado ser un año favorablemente productivo en cuestión literaria ya que no solo escribo en este blog (bLog de miguE) sino que además lo hago en Filosofía en la Red y ahora debuto también en Microfilosofía <<


Afortunada o desafortunadamente no existe manera alguna de regresar el tiempo y cambiar nuestro pasado, ni para bien ni para mal. Siempre, por tal, tenemos que cargar con el hecho -y las consecuencias- de nuestros aciertos y desventuras. 

¿Y si pudiéramos cambiar algo? 

¿Lo usaríamos? 


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... en Microfilosofía me pagan un porcentaje de lo recabado vía la publicidad del sitio. 
De antemano, ¡¡muchas gracias por su apoyo!! y por leerme 😁.




Imagen | Pixabay

Donald Trump ganará las elecciones: lo predice la Biblia.


Bueno, al menos es lo que dice el rabino israelí Matityahu Glazerson (experto en Guematría de la Torá, es decir, develación de los códigos secretos de la Torá) tras una municiosa observación de los códigos que esconde el texto sagrado hebreo. 

Según él entre las líneas que dan forma a los documentos conocidos como Deuteronomio (Dt) y Números (Nm) se encuentra codificada la predicción de que Donald Trump será presidente de los Estados Unidos

La explicación la subió, como es habitual en él, a Youtube detallando que en una parte del texto la palabra Donald se entre ve en letras hebreos junto a la palabra “nasi” (que en hebreo significa presidente). 

Para reforzar la profecía, el rabino Matityhu aseguró en julio del dos mil dieciséis, haber encontrado dentro del texto del Deuteronomio, y junto a la palabra nasi y Donald -curiosa unión-, una abreviatura de Arzot HaBrit (que es como en hebreo se refieren a los EU).  

En el libro de Números además de repetirse los códigos anteriores encontró la fecha 7 del Kheshvan del calendario judío y que coincidentemente es el 8 de noviembre en el calendario gregoriano del dos mil dieciséis, día de las elecciones norteamericanas.  

Glazerson también predijo con lujo de acierto -léase la ironía- que el Mesías (recordemos que para los judíos éste sigue sin llegar) llegaría a la Tierra el dos de octubre del dos mil dieciséis… lo seguimos esperando. 

Pero, como dato curioso, a principios de dos mil dieciséis otro experto, el ortodoxo Kikar Hashabbat, predijo por su parte que Hillary Clinton ganaría las elecciones. Él, claro que da una detallada explicación, presume que encontró en los libros del Génesis (Gn) y Levítico (Lv) las frases que formaban la frase Hillary Ne´siah´; es decir: Presidente Hillary.

Matt Slick, fundador del Ministerio de Investigación y Apologética Cristiana del Christian Post, no da por cierto las predicciones de ninguno de los dos descodificadores: “[…] los patrones numéricos en las escrituras son muy interesantes y atractivos […] pero el concepto de código de la Biblia me parece un poco extraño”. Extraño es decirlo amablemente. 

Al final, gane uno u otro candidato, ya sabemos quién se adjudicará haber visto la voluntad de dios en un texto milenario.



Imagen | A punto digital
Con información de Noticia Cristiana y Breaking Israel News

Reflexión: ¿La caridad es exclusiva de los cristianos?



La semana pasada (del veinticuatro al veintisiete de octubre, dos mil dieciséis) acudí al IV Congreso de Teología -católico- organizado por la Arquidiócesis de mi localidad (Guadalajara, México) y aunque hay mucha tela de dónde cortar, iniciaré una de estas reflexiones con quizá lo más básico y fundamental.

Iglesia samaritana para un mundo herido. Ese fue el eslogan y tema sobre el que giraron todas las charlas: misericordia -que cristianamente se sobreentiende como “ser samaritano”, en relación a la parábola del buen samaritano [Lc 10, 25 - 37]-, la falta de, y el cómo hacer frente haciendo uso de ella en un mundo que necesita de mucha, mucha ayuda.

Partamos de la definición que de facto brinda la teología cristiana-católica sobre la misericordia: (la) cualidad de tener un corazón para el que sufre. Del latín cordis/cor (corazón), miser (miserable, desdichado) y el sufijo -ia (condición de).

Se puede entender también como compasión (de hecho se usa como sinónimo), es decir, sufrir con el otro; ver en mi semejante su dolor y reaccionar movido, eso sí, en el amor o por amor a dios, para contrarestar dicho dolor. 

Todo giró, en su mayoría, en el cómo está llamado el creyente a amar a su prójimo al ser imagen y semejanza del Creador. La temática es profunda y no quiero extenderme mucho en esta primera entrega pero en el Congreso se aterrizó tanto en nuestro evidente mundo herido (por guerras, desigualdad, pobreza…) y en cómo la mayoría de los creyentes -fue una actitud crítica que reconozco muy buena- hacen poco o nada para remediarlo.

Uno de los punto que puede y debe debatirse es, sin duda, cómo desde la perspectiva religiosa el ser creyente genera -en teoría- la empatía y el amor hacia los semejantes (recordemos que es el “mandamiento de oro” de Jesús) pero al mismo tiempo se reconoció que el cristiano del siglo veintiuno es un ente individualista que vela únicamente por su bienestar, o a lo mucho el de su familia, olvidando y obviando que todos los seres humanos son su semejantes, hermanos en Cristo, e imagen y semejanza de su dios.  

Aunque no todo es tan bello -o crítico como aparenta- ya que se tachó a la increencia. Si bien no en el plano de categorizarles como seres malignos y endemoniados… sí colocándoles como personas que no tienen un motivo -real, palpable- para hacer el bien ¿?; es decir, que pese a las instituciones benéficas areligiosas y demás movimientos de esa índole en el fondo están huecos, vacíos, porque la misericordia hacia los otros no viene del amor en o por amor de dios sino de una empatía que al final no termina de coajar. 

Es interesante todo esto ya que por un lado se ve que existe una gran mayoría de creyentes que no son benéficos/compasivos y al mismo tiempo se reconoce que muchas instituciones de asistencia son netamente laicas pero a su vez ambos lados de la moneda se cuestionan y critican. 

Independientemente de la creencia religiosa, la doctirna oficial de la Iglesia católica reconoce y acepta que los hombres justos -gente que no cree pero que hace el bien- pueden llegar al cielo y eso, al final, creo que es concluyente. Es decir, la conclusión a la que se llega -pese a la crítica a creyentes y no creyentes- es que lo importante es atender al que sufre, al necesitado de amor, de compasión, de misericordia

Es una pena que desde el lado creyente se utilice el hecho de serlo como un, o más bien, como el motivo para ser caritativos. ¿A caso no es más importante que el otro sea mi semejante antes que imagen del "dios vivo"?

Se debe, la institucionalidad religiosa sobretodo, de olvidar un poco-mucho del aspecto creencias y velar más por un mundo incluyente en donde realmente la simpatía hacia con el otro se genere como fruto de verlo igual a mí, como miembro de una misma especie, como alguien parecido a mí aunque piense y crea de maneras que puedo llegar a no entender; y por ente que puedo incluso repudiar o tachar de herejes. 

Y lo mismo aplica del otro lado. Muchas veces desde la increencia se juzga y critica fuertemente al creyente culpando incluso el hecho de creer en como causa de su miseria y por ende obviando que requiere de ayuda antes de un juicio porque pese a ser creyente es un ser humano como yo. 

La misericordia, empatía, compasión, caridad... no debe de ser monopolizada por nadie sino todo lo contrario, ser la llave maestra que nos lleve a convertirnos en una mejor raza humana en donde, quizá pecando de utópico, las barreras se borren para dar paso a las semejanzas dejando el creer o no creer al ámbito que pertenece. 

Algo curioso: el congreso aunque de teología estuvo destinado primariamente a fieles laicos (es decir, a creyentes en general) pero de siete charlas solo una fue impartida por una teóloga laica; las restantes se expusieron por gente del clero -eso sí, licenciados o doctores, pero sacerdotes al fin y al cabo- que, guste o no, son de los más alejados (por su condición de consagrados y de vivir estudiando a dios) a la vida diaria: falta de dinero para comer, no alcanzar para pagar la luz, compar ropa, vivir un despido o la carencia de asistencia médica, tener que alquilar una casa... 

En cuestiones tan mundanas la voz más fuerte debe y tendría que resonar desde la perspectiva más cercana a la gente doliente: el creyente de a pie. El religioso está dentro de un halo de comodidad donde es fácil analizar la doctrina desde el libro/teoría pero que no se vive en primera persona. En ese espacio donde antes que pensar en ser cristiano es saber qué voy o si voy a comer. 




Imagen | Instagram

Reflexión: La vida nos encamina a la muerte.



Lo sé, es trillado, pero quizá la frase filosófica, por decirle de algún modo, más sincera es precisamente esa: la muerte es lo único seguro que tenemos, pero no por ello ésta debe de condicionarnos a vivir como una vela que espera el momento en que su llama se extinga. 

Entre los estudiosos de la antropología, y de las religiones -de una manera crítica- se ha llegado a plantear la hipótesis de que lo que muchos llaman Más Allá no es más que fruto de la angustiosa necesidad de saber que frente a lo desconocido hay algo que nos confrontará

Dentro del cristianismo, al menos la postura oficial, señala y enseña que la muerte es el paso a la verdadera vida, a la Vida Eterna en donde el creyente -o todos los temerosos de dios- vivirán en compañía con el Creador pero, a la hora de la verdad, cuando alguien cercano muere... esa esperanza que infunde la Iglesia católica se desvanece incluso entre los más férreos seguidores. 

Retomaremos más delante esta cuestión pero antes es importante preguntarnos ¿qué es la muerte?

Podemos responder rápida y tajantemente con un dejar de vivir/existir pero bueno, esto es un espacio para filosofar y como seres pensantes solemos plantearnos la cuestión en un plano más trascendental. 

Y es que lejos de tener o no alguna creencia religiosa/espiritual los hombres, como especie buscamos trascender. Anhelamos que se hable de nosotros pese a que el tiempo haga lo suyo... Platón, Julio César, Carlos Fuentes, Marx, DaVinci.

Esta huella que queremos impregnar se plasma de diversas maneras, ya sea en obras -arte, literatura, arquitectura- o en descendencia. Antes, sobretodo, la urgencia del matrimonio era precisamente que ante una esperanza de vida muy corta, el apellido se conservara pero en el siglo veintiuno y con unos millennials menos preocupados por el sexo, la cuestión está cambiando... pero nos estamos desviando. 

Decía que aunque el derecho a morir es aquello que adquirimos al nacer esto no debe de ser motivo por el cual tengamos que sobrevivir mientras llegue. Aunque también plantear nuestra vida del modo opuesto -pensando que nunca moriremos- no es lo más adecuado. 

Por diferentes cuestiones he acariciado varias veces a la muerte, llegando a planos -consiente pero sin fuerza- en donde literalmente me debatía frente a ella; como es evidente le he ganado -por ahora- pero gracias a mis batallas he aprendido a ver y valorar la vida de una manera que quizá pocos llegan a entender. 

Es genial hacer planes, proyectarnos a un futuro lejano en donde alcanzaremos nuestras metas, conozcamos medio planeta y compremos un Ferrari pero aferrarnos a nuestros proyectos y sentir que solo con nuestro ímpetu lo lograremos es soberbio. Debemos, al menos creo y sobretodo he aprendido, sí agendar hacia el futuro pero estando consientes que quizá mañana, o en una horas, podríamos dejar de existir. 

La muerte es algo tan repentino, en muchas veces, que llega en los momentos menos esperados. Y tenemos que aprender a que convivir con ella es algo real, tangible y cercano aunque a veces parezca algo destinado a los ancianos. 

Y es aquí donde retomo el punto de los cristianos y su esperanza desvanecida cuando alguien cercano muere. Nos da miedo hablar sobre la muerte, se le tiene cierto respeto -amén a mi amado México, en donde incluso nos burlamos de ella pero no se acepta- al grado de tema tabú. 

El cristianismo, hablando desde el lado en donde más convivo, enseña que la muerte es necesaria para llegar al encuentro con el Padre (incluso los primeros cristianos aceptaban gozosos el hecho de morir martirizados); de hecho, la Resurrección de Cristo, pilar de fe, es precisamente la antesala de dicha creencia: que al morir no se muere -valga la redundancia- sino que el alma llega al cielo. 

Pero lejos de ver gente feliz en un funeral cristiano se ve gente llorando -no solo por la evidente pérdida de contacto con el finado- sino porque murió en un plano que suena a tragedia, como si al fallecer todo acabara... siendo que, se supone, su creencia dice todo lo contrario. 

Si al morir dejamos literalmente de existir y no existimos eternamente en calidad de alma, o no reencarnamos en algún ser inferior o similar, o no nos unimos al Dharma entonces debemos de vivir con la encomienda de que la muerte es una sombra que nos acompaña pero que al mismo tiempo nos ilumina para día a día vivir como si fuera nuestro último día, aprovechándolo al máximo. 

Hay algo en particular que me cae bien de Agustín de Hipona... tenía frente a su escritorio un cráneo humano para que al filosofar recordara constantemente que la muerte tarde o temprano lo alcanzaría. 




"(...) un blog es la voz sin editar de un individuo."
Dave Winer.